Lo que no se comunica, no se conoce.

Si no comunicamos, no existimos.

En ocasiones damos por supuesto que las personas deben conocer muchos aspectos en relación a nuestras temáticas, sobre todo a nivel profesional trabajando en equipo. Esta es una falsa percepción basada en la creencia de que los demás son similares a nosotros en líneas generales.

Cada persona es única y aún dedicándose a una misma profesión, existen infinidad de matices diferenciadores.

Cuando comunicamos dentro de un grupo, estamos definiéndonos constantemente.

Callar para escuchar y aprender de forma activa es bueno, pero callar siempre llega a ser perjudicial porque retenemos nuestras aportaciones.

Estamos hechos para comunicar y es algo natural hacerlo en la forma o expresión que nos plazca.

Tomados uno a uno, formamos un conjunto micro-fraccionado que cobra sentido al llegar a la unidad y cénit del conjunto de estas micropartículas comunicativas, tan particulares; como son nuestros modos de comunicar.

Con menor o mayor soltura, dentro de un trabajo y a nivel personal, todos deben expresar sus puntos de vista e informaciones para que el resultado de intercambio de mensajes sea óptimo.

No comunicar puede ser sinónimo de no querer aportar nada a la comunicación que se necesita, lo que no es muy aconsejable; dado que se convierte en una “barrera” para solventar, por ejemplo, confusiones o conflictos entre partes interesadas.

Con esto viene a representarse que tanto si comunicas, como si no lo haces, estás comunicando “algo”.

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